Saturday, November 19, 2011

La Consciencia Universal, y más Turbaciones

Decía el psicólogo Carl Jung que existe una consciencia universal que nos une, que en realidad tantas diferencias culturales y geográficas no son más que una quimera. Que al fin y al cabo, todos los habitantes de este hermoso planeta tenemos los mismos sentimientos y deseos, las mismas añoranzas, los mismos temores y amores. Que hasta compartimos los mismos pensamientos e ideas, que nuestras mentes efectivamente están entrelazadas.
Nada como una modelo pechugona para darle la razón al doctor Jung.
Un día me topé con unos turistas italianos que visitaban a la Ciudad de México por vez primera. Como suele suceder en estos encuentros internacionales, intercambiamos algunas frases para encontrar una lengua común entre sí. Llegamos a un acuerdo mutuo (pero nunca vocalizado) de comunicarnos con una mezcla de italiano y español. Uno de ellos—Guiseppe, o Luigi, o Bambino, o quién sabe cómo se llamaba—me preguntó, “Y tú, ¿cómo aprendiste tanto italiano?”
Bueno, realmente no lo pronunció así. Hablaba con el acento cortante de los europeos no hispanohablantes. Metía saltillos, hipos y oclusiones glotales entre las palabras, como hacen muchas personas de Chiapas. Lo que diferenciaba a su acento del tono de los indígenas del sureste mexicano, sin embargo, fue su costumbre de entremezclar las vocales. Así como hacen otros hablantes de lenguas romance, solía intercambiar las “i” con las “e”, agregarle una “u” después de cada “o”, y en muchas otras formas violentar las fronteras que dividen las cinco vocales del alfabeto romano.
Así, pues, en realidad le salió más así: “e tuo, coumo aupreindyistei taento eitalianou?”
“De hecho,” le respondí, “nunca he hecho estudios formales de italiano. Creo que se me fueron grabando varias palabras y frases de italiano al escuchar la música del cantante Nek, el que canta la de ‘Laura No Está’, o ‘Laura non c’e’ en la versión original…”
Los tres forasteros europeos me vieron con cierta indiferencia. “Sí, io conozco il Nek, ez mui bu-eno,” me respondió uno, desinteresado.
Seguí narrando el origen de mi conocimiento básico de la lengua italiana. “Más allá de la música, creo que lo que realmente me motivó fue mi primer encuentro con las modelos y las showgirls italianas,” proseguí.
De inmediato me prestaron su atención completa.
A los tres jóvenes les expliqué que había asistido a una universidad religiosa donde todo el tráfico cibernético era sigilosamente controlado y vigilado, donde la conexión con internet contaba con software de “filtro” que bloqueaba el acceso a cualquier página que podría considerarse como pornográfica o indecente. (Entre dichas “indecencias” se incluían, a menudo, páginas de carácter antropológico o científico. Algunos materiales prohibidos por esta inquisición virtual fueron los estudios Kinsey de sexología y las imágenes de National Geographic de las tribus de África, donde las mujeres andaban en topless.)
Sin embargo, después de mi primer semestre en la universidad conservadora, me di cuenta de una cosa—los filtros no detectaban a las páginas web italiana. Como cualquier herramienta de la intolerancia, los filtros eran sumamente malos para entender otros idiomas.
“¿Y cuáles modelos mirabas?” me preguntó el mismo Giuseppe-Luigi-Bambino.
“Pues yo veía imágenes de Alessia Merz, Manuela Arcuri…”
Comenzaron a platicar entre sí en italiano, emocionados. Logré captar algunas frases… "la buona Manuela Arcuri…dei tetti grande...la ragazza putissima...”
“La que más me gustaba,” les comenté, “era Mónica Bellucci. Creo que pasé un mes entero viendo puras fotos de ella…”
Giuseppe me miró con fraternidad preternatural. “La Mónica Bellucci!” me gritó. “Io, cuando era niño, io me hice muchos di estos”—aquí hizo un gesto de masturbación furiosa con la mano izquierda—“¡muchos e muchos e muchos di estos con la Mónica Bellucci!”
Me fijé en la cara del joven, dándome cuenta que yo le llevaba unos cinco o seis años. Efectivamente, él habría sido un puberto que “hacía muchos de estos con la Mónica Bellucci” a principios de este milenio…época cuando yo me veía obligado a recurrirme a las imaggini clandestini de Italia para evitar las censuras de mi alma mater. Resulta muy posible, pues, que aún estando en dos lados contrarios del planeta, yo y él nos habíamos hecho “muchos de estos” en el mismísimo instante, con la mismísima imagen de la “bellissima e tettonissima ragazza Mónica”.
Y en ese momento me di cuenta que, si bien el concepto de Jung de la inconsciencia universal era todavía algo teórico durante el siglo 19, dicha conexión mística había cobrado vida con el estreno de la Internet.
Entre nosotros surgió una conexión fraternal, mística, cósmica, primordial…hasta seminal.

No comments:

Post a Comment